Tierra con olor a tierra.

Apuntes al salir de un entrenamiento teatral. 
Me dirijo al teatro, mi gran maestro de vida. 


Amor, contigo aprendo otra música de la que ya me sé, escuchar la misma de siempre, pero del revés. 

A observar la calma y quedarme ahí o a estallar en fuego y salir y salir. Aprendo de lo pequeño, de lo sutil, de lo grande, de lo indomable, de lo inabarcable. 


Sobre todas las cosas aprendo de lo bello, 

sobre todas las cosas aprendo del horror.


De lo que tiene algo, de lo que tiene nada ya, de lo que aún guarda un trocito de alma. Aprendo mesuras y composturas que aún siendo fáciles de abrir es mejor verlas romper. 


En este hueco yo puedo ser un palo, un metal, un líquido que vuela o un gas que crea angustia crónica y que tiene algún color del que es difícil escapar. 

Aquí tengo la capacidad de ver mi cuerpo desde mi cuerpo y apreciar el movimiento que nacido en algún punto lo traslado al abandono de lo que fue. Me das la oportunidad de escuchar la voz que sale de mis entrañas y pintarla como un chorro fuerte que camina en cuatrocientas direcciones. Como un ciempiés el teatro es. La rigidez, lo establecido, la sorpresa y el azar, todo eso el teatro es. 


Aprendo contigo sobre la fuerza que se esconde en alguna parte de la cuenca ocular y que sale cuando alzas la mirada a un público callado, creyendo que así te entenderán. Y lejos de alcanzar sus mentes, sabiendo sabrás a ciegas que sólo rozarás sus finas pieles y poco o nada las harás cambiar, pero que más da, si salió de ti, de tu cuenca ocular algo mínimamente humano o bello, ya lograste ganarte un trocito en el cielo. 


Diré que contigo o gracias a ti entendí el valor del valor. Que el miedo es un muchacho que va descalzo y cuando quieres meterte un trozo de pan en la boca te golpea con la frente sobre el pecho y te corta la respiración, el miedo no es otra cosa que un estorbo abismal, un grano de pus verde, un insecto con afán, un cuchillo que corta sin piedad. Sin él el cielo es claro y despejado. 


Ahora todo se resume a serY es que hay que presumir quién se es con orgullo. Para poder ser quién se es con el orgullo de ser quien fuiste y con la certeza de estar completamente enamorada de quién vas a ser, aunque luego vete tú a saber. 


Constancia, esfuerzo e investigación, bla, bla, bla. Como una loca investigando una cuerda. Como un laboratorio pero al revés, donde las preguntas son respuestas y la rata lleva bata y se levanta sobre dos enormes patas. 


Aprendo contigo mi amor a escuchar, a callar y después a opinar, susurrando cada grito con todo mi cuerpo si es que eso puede ser. Y es que tengo un pecho que suena y una mente que hace ruido y contigo me encuentro con la plena certeza de que indudablemente vivo. 

Dejando ideas salir de mi cráneo, ahora sé pensar, VOILÀ! 

Dejando amores salir de mi pecho, ahora sé sentir, VOILÀ!.


A bailar sin miedo, con ritmo y fuerza. Valentía y seguridad. Hacerme amiga de la escurridiza admiración y plasmarla en todo lo que al asomarse en mi reducido campo de visión deje en mí un nuevo escombro que pulir, una idea dando vueltas o una lágrima salir. 


Encontrar el placer escondido en el trabajo y ser, junto con miles de piezas más, una pieza más que ayude a girar la gran pelota gorda y frágil que somos. Vivir a favor del convivir. Aprender de mirar, de tocar, de chupar y de oler a los demás. Y es que el teatro sin humanos es un papel arrugado, lleno de heridas, es un trozo de cemento frío caído en mitad de un lugar que nos da igual. Si es que existe aún un lugar que nadie nunca haya visitado, ahí se escondería el  teatro sin humanos, como un pequeño papel escrito tan poco visible y pequeño que es doloroso de leer, habrías de juntar los dos ojos en uno solo para poderlo entender y esconde cuatro letras inconexas en algún griego o en algún latín, letras que nada tienen que ver, pero que más da si no son para nadie y cuando nadie mira: los destrozos no son destrozos, el culpable puede ser inocente y el arte puede morir y nadie llora. Pues eso sería el teatro sin humanos; un muerto al que no se le vio nacer. 


Aprendo contigo amado mío, contigo aprendo a hacer, a conseguir que hagamos. Tierra pura, tierra con olor a tierra. Cielo que huele a qué va a llover. 

Aprendo de ti y de mi y de él, todo el tiempo aprendo de otros ojos con otros ojos, de otra piel con mi piel. 

Aprendo lo que soy viéndote a ti ser.

Aprendo a no saberlo todo, a no saber nada, a volver a aprender. 




Teresa Julián. 

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